Viveka/Vairagya en un article de Naren Herrero 2021-02-17T10:39:15+00:00

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“¿Qué diría Patañjali de la mascarilla?” por Naren Herrero, con una reseña del libro Viveka/Vairagya

Una reflexión sobre el concepto yóguico de śauca en relación con los barbijos y la idea de que el cuerpo (el otro y el nuestro) se han convertido en el enemigo.

Ante la abundante, contradictoria, y no siempre fiable información que circula sobre la llamada pandemia, los practicantes de yoga tenemos dos recursos básicos, ambos muy antiguos y eficaces, para mantener la lucidez y la paz interior:

 

  1. Retirarnos a una cueva (en el Himalaya, el Pirineo, los Andes o cualquier zona poco habitada) y hacer oídos sordos a cualquier información, comentario o comunicado ya sea de medios de comunicación, organismos oficiales o grupos de WhatsApp.

O bien:

 

  • Dirigirnos a los textos tradicionales para encontrar respuestas fiables y probadas.

En caso de hacer lo segundo, que es lo recomendable si tenemos obligaciones familiares o sociales, hay que tener en cuenta que el estudio de los textos yóguicos no siempre ofrece una conclusión unívoca e incontrovertida. La correcta interpretación del texto es igual de importante que el texto en sí mismo. Y cuando decimos “correcta” nos referimos al significado adecuado de la enseñanza para nuestro caso particular que está formado por un tiempo, un lugar y unas circunstancias únicas y personales.

 

En la tradición india, uno de los motivos por los que el guru es tan preponderante es debido a que él o ella posee la sabiduría de interpretar y explicar los textos en función de las necesidades de cada persona. A falta de un maestro o de un consejero fiable, entonces uno deberá leer las escrituras y recurrir a su limitada capacidad de juicio para discernir y tomar partido. Poner en tela de juicio lo que enseñan los textos podría sonar herético en algunos casos, aunque también son bienvenidos la reflexión y el debate con sincera búsqueda de la verdad. De hecho, la historia india tiene una larga tradición de exégesis, comentarios y dialéctica en torno a los textos, donde el cuestionamiento y las repreguntas son habituales.

 

Hace pocos meses, en la clásica publicación titulada Foco del mes (Focus of the month), David Life, uno de los fundadores del estilo moderno Jivamukti Yoga, ponía en cuestión el manual medieval de haṭha yoga más influyente de la historia. El escrito hablaba de la necesidad de “reconexión” con la Naturaleza y, en este contexto, se citaba un conocido fragmento de la Haṭha Pradīpikā (1.13) sobre cómo debe ser el espacio para la práctica del yoga. Algunas características distintivas son: “una pequeña puerta y carecer de ventanas”, “libre de insectos” o “el recinto debe estar rodeado por un muro”.

 

Si bien es sabido que la vida del yogui clásico es solitaria y aislada – al menos en su fase inicial -, aquí David Life cuestionaba esa “desconexión” con la Tierra, la Naturaleza o el Sol. El aislamiento del yogui tiene un sentido en la vía de la introspección y quizás el análisis de estas regulaciones desde la perspectiva del siglo 21 no tenga sentido, pues el yogui medieval estaba inevitablemente conectado con la naturaleza (no había electricidad, ni coches, ni Wifi…) y lo que se aconseja en el texto es simplemente un espacio de retiro para concentrarse mejor.

 

La respuesta queda abierta, pero es solo un ejemplo de cómo los textos pueden ser pautas con más de una interpretación.

 

En el polémico asunto del uso de mascarilla (barbijo, tapabocas, bozal, etc.) como método preventivo para el virus, los textos yóguicos no son necesariamente literales, pero nos ofrecen pistas para analizar y decidir con mayor fiabilidad que la que nos dan los gráficos estadísticos tan de moda.

 

Para empezar, tenemos un caso paradigmático que lleva cientos de años en funcionamiento y es la tela que utilizan ciertos monjes y monjas jainistas para cubrir sus bocas. Técnicamente se denomina mukhavastrikā (“telita para la boca”). La razón para el uso de este objeto es básicamente mantener al máximo la milenaria regla de ahiṁsā (“evitar causar daño”) previniendo que minúsculos seres vivos entren en la boca y mueran, o también que los microrganismos del aire sucumban debido a la respiración.

 

Por tanto, es un ejemplo extremo de intentar no dañar a ningún ser vivo que se lleva a cabo a través de un gesto de privación voluntaria en aras del bien ajeno. Seguramente esta idea resuena entre los argumentos más escuchados a favor del uso de la mascarilla.

 

 

La jainista se considera la más ascética y extrema de las tradiciones índicas. Con algunas variaciones, parte de los votos y reglas de conducta que siguen sus monjes y monjas se pregona en el Yogasūtra de Patañjali, el texto hindú de Yoga clásico más leído y difundido del mundo, donde ahiṁsā también es fundamental.

 

Para el análisis de hoy nos interesa ahondar en otro precepto básico del Yogasūtra que es śauca o “pureza”, el primero de los niyama u “observancias” que debe seguir todo practicante de Yoga que se precie. Esta “pureza” puede ser tanto interna como externa, en cuyo caso se habla también de “limpieza” corporal e incluso de dieta saludable.

 

Veamos la definición de Patañjali (II.40):

 

śaucāt svāṅgajugupsā parair asaṃsargaḥ

O sea, en traducción del sanscritista Òscar Pujol, que es acorde a las versiones tradicionales:

 

“El efecto de la pureza (śauca) es el disgusto (jugupsā) por el propio cuerpo (svāṅga) y la falta de contacto (asaṃsarga)con otros (para)”

Sí, has leído bien. Dice “disgusto por el propio cuerpo” y, en otras traducciones, se habla de “rechazo”, “aversión” o también “desapego”. A la vez que se recomienda “evitar” el contacto con otras personas.

 

Para el lector moderno estas ideas pueden sonar chocantes en relación con la idea que tiene delo que es el Yoga. Como dato contextual es útil saber que durante siglos, al menos en ciertas escuelas filosóficas, el Yoga se ha considerado una actividad solitaria. Por eso se recomienda no tener ni ventanas. No es casual que otra de las privaciones voluntarias que promulga Patañjali sea brahmacarya, el celibato.

 

Desde la perspectiva ascética tradicional (generalmente presentada por y para público masculino), que todavía está presente a su manera en el yoga moderno, todo es una distracción para el avance espiritual (mujeres, comidas, reuniones, charlas…) En determinadas escuelas y textos, el cuerpo físico con sus deseos y sus necesidades (sueño, sed, hambre, sexo…) es considerado más bien como un obstáculo que como una herramienta o ayuda. Un maestro del siglo 20 denominaba al cuerpo como “el enfermo” porque siempre está necesitado de algo.

 

De esta forma, bajo el postulado filosófico mayoritariamente aceptado de que, en esencia, NO somos el cuerpo ni la mente, el cuerpo físico se ha visto rechazado o despreciado como un mero “contenedor”. Veamos un ejemplo entre tantos, en este caso como parte de un poema antiguo del santo tamil Pattinathar que exalta la “renuncia” y que aparece en el hermoso libro Viveka/Vairāgya de Swami Satyānanda Saraswati:

 

«Creías ser este cuerpo, como si fuera tu nido, tu refugio;

y tus acciones te mantenían unido a este cuerpo como si

fuera una roca.

Un líquido brota de uno de los orificios de tu cuerpo,

de otro orificio sale como una cera,

flema y fluido de otro, saliva y mocos de otro,

aire y excrementos de otro y agua de otro de estos orificios.

Este cuerpo huele mal y al final se quemará y se reducirá

a cenizas…”

Fuerte ¿no? Verdadero también. De hecho, todos sabemos que el cuerpo, si no es limpiado regularmente, se ensucia, apesta y produce cierto grado de rechazo. La pasta de dientes y el desodorante nunca pueden faltar ¿cierto?

 

Y, sin embargo, uno puede palpar que ese enfoque ascético no concuerda con el sentir del yoga contemporáneo, abocado (para bien y para mal) a revalorizar la experiencia de “habitar el cuerpo”, “experimentar sensaciones”, “estar bien con uno mismo” o “ser parte de la Naturaleza”. Sumado a que difundidas nociones entre los practicantes actuales (“todos somos Uno”, “la comunidad como sostén”, “somos Naturaleza” …) nos incitan, no a evitar, sino a buscar el contacto con los otros.

 

Ante este choque de paradigmas, los practicantes, maestros y estudiosos contemporáneos han elegido, en su mayoría, interpretar los textos desde una mirada más amable, es decir de personas que viven en el mundo y que valoran su cuerpo como un templo. Desde este enfoque, por ejemplo, brahmacarya ya no encaja como “celibato”, sino que es “moderación” en la actividad sensorial.

 

En esta línea, cuando se refiere a la observancia de śauca, la traducción de una académica contemporánea podría ser:

 

“La práctica de purificación (śauca) hace surgir la preocupación por el propio cuerpo y la protección ante su contacto con otros”.

En lugar de “disgusto”, se habla de “preocupación” y “protección”, dos acepciones no comunes, aunque posibles, de la palabra sánscrita jugupsā. De esta forma se hace referencia a “una preocupación por mantener al cuerpo libre de agentes que puedan dañarlo”. De allí que al yogui ascético no le interese estar en contacto con otros cuerpos pues “suponen una amenaza para su propia salud”.

 

La conclusión, que contradice gran parte de la exégesis tradicional, es que “el disgusto no es del cuerpo per se, sino de los factores que convierten al cuerpo en impuro”.

 

Como ya ha sido dicho, las diversas interpretaciones son válidas y lo que nos interesa aquí es ejercitar nuestra capacidad de discernimiento. Hago mi intento…

 

En relación con el uso de mascarilla, este enfoque contemporáneo amable, aceptador del cuerpo, se podría asimilar al mensaje global más escuchado de “proteger” nuestra salud y la ajena evitando la entrada de agentes infecciosos. Con esta lectura, muy difundida, el practicante podría entender que llevar un barbijo lo protege, aun cuando la importancia de una respiración natural es realmente central en Yoga.

 

Inclinando la balanza, el factor de “no dañar” a los demás (ahiṁsā) podría ser la clave. Aunque siempre queda en el aire la cuestión de qué daña más: una posible enfermedad o vivir atemorizados, encerrados y aislados.

 

En este punto podemos traer la mirada ascética, a la que el aislamiento no le inquieta y la paciencia le sobra. Curiosamente, el acercamiento ascético tradicional a la realidad corporal (“disgusto”), que podría parecernos anacrónico, coincide a su manera con el paradigma sanitario actual, basado en la higiene, cuyo objetivo es convertir el mundo entero en un gran hospital esterilizado. En ese punto, lo ascético y lo aséptico se encuentran. La diferencia, no pequeña, es que la ascesis se presenta como una ayuda para trascender el cuerpo físico, mientras que la asepsia busca preservarlo a todo costa.

 

Yo, basado en mis limitadas aptitudes discriminativas, tengo una opinión formada de toda esta cuestión, pero más que tratar de convencer a nadie, mi intención es espolear el discernimiento del lector… si es que le quedan ganas y no está ya aislado en una cueva meditando o, ¡Dios no lo permita!, esperando resignadamente mientras consume series online.